Ensayo sobre la ceguera

Autor: José Saramago
Recomendaciones:
- La carretera de Cormac McCarthy: Una desgarradora historia sobre un padre y su hijo que atraviesan un mundo devastado tras un cataclismo. Explora la pérdida de la humanidad y el amor como último refugio, temas que resuenan con la desolación y los dilemas éticos que plantea Ensayo sobre la ceguera.
- El cuento de la criada de Margaret Atwood: Atwood imagina una distopía en la que el cuerpo femenino se convierte en propiedad del Estado. Al igual que Saramago, cuestiona el poder, la moral y el comportamiento humano frente a sistemas opresivos, mostrando lo frágil que es la libertad.
- Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro: Una historia inquietante sobre un grupo de jóvenes que crecen en un internado aislado sin sospechar el destino que les espera. Ishiguro explora el conformismo, la pérdida y el sentido de la vida con la misma delicadeza pero crudeza con la que Saramago retrata la ceguera.
- La peste de Albert Camus: Ambientada en una ciudad azotada por la peste, esta novela filosófica reflexiona sobre la resistencia y la dignidad humana en tiempos de desastre colectivo. Comparte con Saramago la mirada existencialista ante el sufrimiento y la lucha por mantener la humanidad.
- Hija de la fortuna de Isabel Allende: Aunque menos distópica, explora la supervivencia, la búsqueda de identidad y el enfrentamiento con lo desconocido en un mundo hostil. Su retrato de personajes que luchan por mantener la esperanza conecta con la dimensión humana que late bajo la catástrofe en Ensayo sobre la ceguera.
(Posibles spoilers a partir de aquí)
Lo que Saramago Vio: 4 Ideas Inquietantes de Ensayo sobre la ceguera que Siguen Definiendo Nuestro Mundo
¿Cómo es posible que una novela publicada en 1995 siga pareciendo escrita para el presente? En una época marcada por la polarización política, el bombardeo constante de información digital y la ceguera colectiva ante crisis como la climática, Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, se lee casi como una advertencia premonitoria.
Más que una historia sobre una epidemia, la novela es una alegoría sobre la condición humana. Saramago no narra la pérdida de la vista, sino la pérdida de la lucidez. Nos recuerda algo inquietante: “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”. Y aunque el escenario de su historia es ficticio, las preguntas que plantea siguen siendo sorprendentemente actuales.
En este post exploramos cuatro ideas de la novela que siguen resonando en nuestro mundo, y que nos obligan a preguntarnos si estamos realmente “viendo” lo que ocurre a nuestro alrededor.
No nos quedamos ciegos, ya lo estábamos
En la novela, la ceguera que se propaga no es oscuridad, sino un resplandor lechoso, un “mar de leche” que lo anula todo. Para Saramago, no se trata de una dolencia física, sino de una metáfora de la ignorancia y de la ceguera moral que ya habitaban en la sociedad mucho antes de la epidemia.
El autor nos confronta con nuestra indiferencia cotidiana: seguimos con nuestras rutinas mientras ignoramos las injusticias o los problemas que ocurren “delante de nuestras narices”. Como él mismo escribió, vivimos “en un mundo artificial, lleno de actividades superfluas a las que la sociedad de consumo nos invita con insistencia”. La epidemia en la historia no crea la ceguera; simplemente la hace literal.
La reflexión final de los protagonistas lo resume con crudeza:
“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos.
Ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”
Esta frase funciona como un espejo: no señala un futuro hipotético, sino una condición que ya está entre nosotros.
La civilización es un frágil barniz
Uno de los mensajes más desasosegantes de la novela es lo rápido que se desmorona el orden social cuando las circunstancias cambian.
En cuanto los primeros infectados son confinados, el fino barniz de la civilización se quiebra y aflora lo más primitivo del ser humano: la lucha por sobrevivir a cualquier precio.
Para ilustrarlo, Saramago compara la sociedad con un organismo vivo. Su organización es lo que le da vida; la desorganización es su muerte. Se pregunta:
“Una organización, el cuerpo es también un sistema organizado, está vivo mientras se encuentra organizado.
La muerte no es más que el efecto de una desorganización...
¿Cómo podría organizarse una sociedad de ciegos para poder vivir?”
Con esta pregunta, el autor nos obliga a pensar en la fragilidad de las estructuras que damos por sentadas: instituciones, normas, incluso la idea misma de convivencia. Todo ello puede resquebrajarse mucho más deprisa de lo que imaginamos.
La compasión no es suficiente (y a veces puede ser parte del problema)
Cuando Saramago ganó el Premio Nobel, se destacó la “compasión” presente en su obra. Sin embargo, el propio autor fue más incisivo. Para él, la compasión ejercida desde el poder no transforma la raíz de los problemas: es un gesto que tranquiliza conciencias, pero no cambia las estructuras que perpetúan la injusticia.
Su postura puede resumirse así: no basta con ser más solidarios dentro de un sistema injusto; hay que cambiar las circunstancias que hacen necesaria esa solidaridad. Como recordaba citando a Marx y Engels:
“Si el hombre es formado por las circunstancias, entonces hay que formar las circunstancias humanamente.”
Esta reflexión sigue siendo provocadora: ¿qué sentido tiene repartir parches de compasión si no transformamos el sistema que genera las heridas?
Vivimos en la era del “pensamiento cero”
Mucho antes de que habláramos de fake news, burbujas informativas o algoritmos, Saramago ya había identificado un problema que hoy resulta familiar: vivimos en un universo saturado de información que, en vez de informarnos, nos aturde.
Lo describía como “un universo metastásico de información y comunicación, que ni comunica ni informa, y al final entontece”.
Esta avalancha de datos superficiales, lo que hoy podríamos llamar infotainment, nos conduce a lo que él llamó “pensamiento cero”: aceptar sin crítica lo que recibimos, sin detenernos a comprender ni cuestionar.
Su advertencia es clara y directa:
“El desastre al que nos enfrentamos es la ausencia total de espíritu crítico.”
En un mundo donde podemos deslizar el dedo en una pantalla durante horas sin asimilar nada, esta idea resuena con más fuerza que nunca.
¿Qué ojos usamos para mirar?
Ensayo sobre la ceguera sigue siendo un recordatorio urgente de que la verdadera ceguera no está en los ojos, sino en la mente y en el corazón.
Nos advierte de la fragilidad de nuestra civilización, de los peligros de renunciar al pensamiento crítico y de la necesidad de mirar más allá de lo inmediato.
Y, sin embargo, entre tanta oscuridad, Saramago deja un rayo de luz. Personajes como la mujer del médico nos muestran que la lucidez, la responsabilidad y la solidaridad pueden ser actos de resistencia.
La pregunta que la novela nos devuelve hoy, casi treinta años después de su publicación, sigue siendo incómoda pero necesaria: ¿somos capaces de ver, o solo miramos sin entender?